Una historia para dos

Perdida en un mundo sin salida ella estaba

Auriculares en sus oídos, música lenta escuchaba,

Rostro sin expresión, labios sin color, mirada perdida

Todo ese mundo se paralizó, cuando él apareció.

 

Un humor negro desvió su atención, ella oyó con más atención.

Disimuladamente apagó la radio y en la voz de él se perdió.

Ella lo tenía muy cerca, lo oía, de reojo lo miraba, pero disimulaba.

Él sabía que ella prestaba atención, pero no dijo nada

Cuando una mueca en la boca de ella se dibujaba.

 

Los chistes de él se oían cada vez más fuerte,

Ella empezaba a no contener la risa y se sonrojaba.

Él lo sabía, y todos los días una historia nueva tenía.

Aunque él a otra persona se las contaba,

Cada historia a ella iba dirigida.

 

Hasta que un día, en un almuerzo como otros,

Una risa la delató, él sonrió y cómplice el salero le acercó.

Ella agradeció y al instante se sonrojó.

Fueron tan sólo unas palabras entre los dos

Pero sería el inicio de una historia para dos.

 

Él, la vida de ella cambió, con un estilo que ella nunca imaginó.

Jamás pensó reír de un humor para ella tan extraño

Pero cada día que pasaba a su lado, ese humor adoptó

Y hasta lo aprendió. Algo en ella se liberó y junto a él sonrió.

 

Ahora ellos dos bromean en todos los colores

A veces ni siquiera necesitan hablar.

Pues una mirada cuenta tanto como una conversación

Y ríen en la multitud, como dos locos en su propia ficción.

 

Bajo todo aquel buen humor, ella heridas encontró

Se admiró de que a pesar de todo, él jamás su sonrisa borró.

Ella no ha parado de reír, se sonroja y es torpe demás.

Él la hace temblar, y en su corazón ya le ha creado un lugar.

 

Con príncipes y Superman, ella dejó de soñar

Con un estudiante de Ingeniería, ella vive una bella realidad.

Brillito en los labios, contoneo al caminar. Él es el responsable.

Rock and Roll, humor Negro y palabrotas. ¡Él es el culpable!

 

Ella aún no puede creer como llegó a ser parte de esta historia

Muy feliz escribe en las páginas, que él día a día agrega.

Ni un solo día él la ha abandonado…

Ella a cualquier sitio iría, de su mano y con los ojos cerrados.

 

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Exilio

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Por los fantasmas que existían en mi,

que de tanto en tanto salían a asustarme.

 

Por los miedos insuperables que atormentaban mis días…

 

Por mis pedidos excesivos que debían ser cumplidos

al ritmo de la velocidad con que gira el mundo para mi.

Por mis exigencias acerca de que estés a años luz,

que seas más rápido y que camines delante de mi.

 

Te apuré con tus documentos

y te negué pasaportes.

Te nombré héroe nacional

y a una calle le puse tu nombre.

 

Te obligué al exilio y te fuiste sin mirar atrás

te llevaste todo y no vi que preparabas las maletas.

Te obligué al exilio y no hay carta magna que te devuelva aquí.

 

Ahora niegas tu nacionalidad y has cambiado tus documentos

No recuerdas idiomas ni costumbres.

A una nueva tierra exótica ahora tienes por madre patria.

 

Has adoptado el acento de aquella tierra extraña

y a su bandera te aferras como si ya la amaras…

 

Aquí hasta la letra del himno tuvo que cambiar

y estamos en guerra constante con otras naciones

Se ha declarado emergencia nacional…

Y está escrito en la nueva ley:

A este país, como turista, nadie vuelve a entrar.

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Chocolates en el bolsillo

fancy-chocolate

¿Qué hace un chocolate en un bolsillo de chaqueta recorriendo la ciudad? Tomado en un acto de picardía, envuelto en servilleta de papel, sufriendo el trajín de quien lo porta. Derritiéndose por el calor, machucandose con el ir y venir. Es un dulce con una misión, con un destino con un objetivo. Azúcar para el alma, golosina para la boca de una amada, quizás. Una excusa que ha recorrido el día entero y que al llegar a destino ha cumplido su misión

 

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Yuyos

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El “tucu tucu” que logra destacarse

entre los sonidos del tráfico

despierta al alma madrugadora

que rumbo al trabajo va.

 

 

Y allí está, la parada obligatoria

una esquina que transporta

a las profundidades

de la selva paraguaya.

 

Una jarra con agua

hielo y una canasta

un mortero de Palo Santo

Ya se prepara la “poción”.

 

Un ingrediente más,

La magia de sus caderas

que bailan inconcientemente

al son de su mortero.

 

El hechizo de los aromas

de sus yuyos, mujer guaraní

sabiduría heredada de la abuela

yuyos que sanan, yuyos que alegran.

 

Ya está lista la bebida

que ayuda a enfrentar el día

nadan en el agua helada

burrito, cedrón y menta´i.

 

Se han llevado al buen tereré

a la ofina, a la obra

se ha escapado una sonrisa

entre el “tucu tucu” de un mortero.

 

 

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Belleza silenciosa

De figura espigada y cabellera rubia, peinada, maquillada  y bien vestida, sentada en una butaca sonríe en la esquina. En el semáforo, donde se cruzan dos calles muy transitadas, ella llama la atención de todas las miradas.

 

Al lado del puesto de periódicos, está instalada ella. Componen parte de su escenario una butaca, mochila, equipo de tereré y su cartera. Sonriente empieza temprano su rutina. Cuando rojo está el semáforo a los autos se acerca caminando con cierta gracia, siempre sonriendo. A los conductores saluda con una seña y les acerca sus estampas.

 

Algunos colaboran con ella, con algunas monedas, otros la ignoran detrás de sus ventanillas polarizadas. Los hombres admiran su belleza, las mujeres murmuran acerca de su venta de estampas.

 

Nadie la ve llegar, pero siempre está muy temprano. Nadie la ve marcharse, pero siempre se va tarde. Ella está ausente los días de lluvia. Y en días de sol, se la ve untarse protector solar mientras se hidrata con agua fresca. En invierno tiene los labios lastimados por el frío y en verano su piel recibe un brusco bronceado.

 

El semáforo está en rojo, el sol dibuja su silueta en el asfalto. Ella  se mueve con gracia entre los autos, sonríe, a todos saluda con señas.

 

Cuando el semáforo está en verde, se la puede ver sentada en su butaca. Con las piernas cruzadas y la espalda recta toma Coca Cola. Mirándose en un pequeño espejo que lleva en su cartera se retoca el labial. Tiene aires de bailarina.

 

Se ha dicho mucho sobre ella. Las mujeres y algunos hombres conversan durante la pausa que impone el semáforo. Hablan acerca de la actitud tan segura que “la chica de la esquina” siempre demuestra, de su contoneo al caminar. Las mujeres murmuran sobre su vestimenta: ciclista, camisilla, kepis y calzados deportivos, ella los luce de manera sin igual.

 

La chica de la esquina es muy bella. Nadie nunca ha oído su voz. Se comunica utilizando un singular lenguaje de señas. El canillita aprendió a hablar con ella y en ocasiones bromean. Algunos se quedan mirándola hipnotizados, como queriendo entender lo que está diciendo.

 

La chica de la esquina mueve sus manos y dedos, ella habla con las manos. Nadie la escucha, pero no es necesario. Su presencia habla, y a todos los tiene atentos.

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Presa y Cazador

Cuando se encontraron en el camino ella fue radiografiada por la mirada de él. La piel se le erizó y su corazón se aceleró. En ese mismo momento ella deseó no volver a verlo, pero su deseo fue interrumpido por una mano en su hombro. Era él, quien la saludó caballerosamente y sonriendo como si la conociera desde hace tiempo. La saludó mirándola directamente a los ojos y ella se sintió  desnuda.

Sonrojada, extendió la mano en señal de un tosco saludo. Él sonrió pícaramente y respondió de la misma manera. Sus manos se encontraron a una prudente distancia medida por ella. Soy Eduardo dijo él. Carla, respondió ella. Entonces ella reparó en su pequeña mano con uñas pintadas de rosa, se veía frágil en las de él, las que se veían enormes y rudas. Sintió agradable la sensación que le producían los vellos que rodeaban los nudillos. Velludo como un animal feroz. Aumentaban en la muñeca, rodeaban el reloj y seguían hasta la manga del abrigo que en ese momento no le permitió ver un poco más y la llevó nuevamente hasta los ojos de él.

Ella trató de concentrarse en el momento, no recordaba si él había dicho otra cosa antes, pero lo último que escuchó fue: “¿Me das tu número de teléfono?”. Estaba segura de que iba a decir que no, él era un completo extraño, ¿por qué debería dárselo? Miró el asfalto, alzó la vista y volvió a encontrarse con aquella mirada. Abrió la boca para decir no, pero lo que pronunció fueron los dígitos de su celular. Cuando se dio cuenta, él ya lo había anotado en su teléfono. Le besó la mano y se despidió.

No tardaron en volver a verse. El celular fue el mediador. Ella trató de resistirse, él no le dio tiempo. El arma principal fue siempre la mirada, la calaba hondo hasta el punto en que ella ya no tenía control sobre su propio cuerpo. Él la acechaba, la acorralaba y sonreía mientras lo hacía.

Ella no era una completa alma inexperta. Quizá no tenía el mismo camino recorrido por él, pero lo tenía. Siempre segura de sí misma, obtuvo lo que quiso. Siempre fue dueña de sus deseos y la reina de los deseos de aquel que estaba con ella. Se hacía siempre lo que ella decía, como ella quería y cuando ella quería.

Esta vez, con Eduardo, ella no podía dominar ni siquiera su respiración. Él la superaba por completo. Se sentía como una pequeña liebre indefensa entre las garras de un lobo hambriento que disfrutaba de acorralar a su presa antes de devorarla. Pero lo extraño de esto era que ella disfrutaba de ser la liebre.

Ella lo había llamado su “lobo” y acurrucada entre sus “garras”, se perdía acariciando los vellos de aquel hombre-animal que la acechaba constantemente hasta tenerla.

“No” dijo ella una vez por teléfono, un día en que, había decidido no volver a caer en sus garras. A esto, él respondió: “Voy a cazar a la misma presa, todas las veces, de la misma manera”. El lobo había ganado una vez más.

El lobo y la liebre siguieron jugando a corretearse. El tiempo pasó, el juego seguía siendo el mismo, sólo que en ciertos momentos, los papeles se intercambiaban: el lobo caía indefenso ante los encantos de la liebre. La presa y el cazador tenían una historia.

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La chica dentro de la chica

Matilda ha llegado a casa. Acaricia a su perro, lo llena de mimos y lo besa. Saluda a la familia. Se sienta en las piernas de papá quien le acaricia los cabellos y le habla aún como a una niña pequeña. Mamá le ha preparado la merienda y la invita a sentarse a la mesa. En su taza rosa, el chocolate humea tentador. Matilda lo disfruta, agradece a mamá y va hasta su cuarto.

La habitación está decorada con cortinas rosas y alfombras con diseños de flores. En la cama, osos de peluche. En las paredes, láminas de sus equipos de fútbol favoritos, nacionales e internacionales. En su tocador, entre cremas y perfumes, se camuflan artículos de botiquín. En la repisa, descansan varios trofeos, medallas y fotos de campeonatos ganados.

La chica baja el bolsón detrás de la puerta, entre los zapatos, stilettos, chatitas y calzados deportivos. Se sienta en la cama y se quita el calzado. Los nudillos de los dedos de los pies, ya no son los de antes. Matilda siente dolor, otra uña ha vuelto a romperse. Alcohol y benditas disminuyen el dolor. Los botines han dado otra forma a sus pies. Y esos pies, dieron forma a sus sueños.

La chica se quita la camiseta, los pantaloncitos y el ciclista. Acomoda bajo su cama los botines y canilleras. Toma la toalla, enciende el radio y cantando entra al baño a ducharse.

El jabón le causa molestias en las heridas de las piernas y Matilda encuentra más moretones. Ser delantera conlleva que la “marquen” más, y el equipo contrario lo hace a cualquier precio. A Matilda, no le importa, los goles que hizo ese día, lo valen.

El agua tibia relajan sus músculos y la lleva al partido que ganaba hace unas horas. Recuerda al público alentándola, a sus compañeras de equipo pidiendo la pelota, a las del equipo contrario, lanzando palabrotas y patadas, al técnico de éstas, insultándolas y exigiéndoles ganar como sea. Recuerda a su técnico diciendo que hagan lo que saben y que por sobre todo, se diviertan. Recuerda las indicaciones del árbitro y a los periodistas trasmitiendo y opinando sobre el juego. Son los 90 minutos más emocionantes de Matilda, en un espacio verde en el que se siente mejor que en cualquier otro lugar.

Mientras juega, recuerda a sus ídolos, ellos la inspiran, los admira, se siente orgullosa de ser mujer y de hacer lo mismo que aquellos hombres hacen con tanta pasión. Matilda lo hace, y lo hace muy bien.

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