Presa y Cazador

Cuando se encontraron en el camino ella fue radiografiada por la mirada de él. La piel se le erizó y su corazón se aceleró. En ese mismo momento ella deseó no volver a verlo, pero su deseo fue interrumpido por una mano en su hombro. Era él, quien la saludó caballerosamente y sonriendo como si la conociera desde hace tiempo. La saludó mirándola directamente a los ojos y ella se sintió  desnuda.

Sonrojada, extendió la mano en señal de un tosco saludo. Él sonrió pícaramente y respondió de la misma manera. Sus manos se encontraron a una prudente distancia medida por ella. Soy Eduardo dijo él. Carla, respondió ella. Entonces ella reparó en su pequeña mano con uñas pintadas de rosa, se veía frágil en las de él, las que se veían enormes y rudas. Sintió agradable la sensación que le producían los vellos que rodeaban los nudillos. Velludo como un animal feroz. Aumentaban en la muñeca, rodeaban el reloj y seguían hasta la manga del abrigo que en ese momento no le permitió ver un poco más y la llevó nuevamente hasta los ojos de él.

Ella trató de concentrarse en el momento, no recordaba si él había dicho otra cosa antes, pero lo último que escuchó fue: “¿Me das tu número de teléfono?”. Estaba segura de que iba a decir que no, él era un completo extraño, ¿por qué debería dárselo? Miró el asfalto, alzó la vista y volvió a encontrarse con aquella mirada. Abrió la boca para decir no, pero lo que pronunció fueron los dígitos de su celular. Cuando se dio cuenta, él ya lo había anotado en su teléfono. Le besó la mano y se despidió.

No tardaron en volver a verse. El celular fue el mediador. Ella trató de resistirse, él no le dio tiempo. El arma principal fue siempre la mirada, la calaba hondo hasta el punto en que ella ya no tenía control sobre su propio cuerpo. Él la acechaba, la acorralaba y sonreía mientras lo hacía.

Ella no era una completa alma inexperta. Quizá no tenía el mismo camino recorrido por él, pero lo tenía. Siempre segura de sí misma, obtuvo lo que quiso. Siempre fue dueña de sus deseos y la reina de los deseos de aquel que estaba con ella. Se hacía siempre lo que ella decía, como ella quería y cuando ella quería.

Esta vez, con Eduardo, ella no podía dominar ni siquiera su respiración. Él la superaba por completo. Se sentía como una pequeña liebre indefensa entre las garras de un lobo hambriento que disfrutaba de acorralar a su presa antes de devorarla. Pero lo extraño de esto era que ella disfrutaba de ser la liebre.

Ella lo había llamado su “lobo” y acurrucada entre sus “garras”, se perdía acariciando los vellos de aquel hombre-animal que la acechaba constantemente hasta tenerla.

“No” dijo ella una vez por teléfono, un día en que, había decidido no volver a caer en sus garras. A esto, él respondió: “Voy a cazar a la misma presa, todas las veces, de la misma manera”. El lobo había ganado una vez más.

El lobo y la liebre siguieron jugando a corretearse. El tiempo pasó, el juego seguía siendo el mismo, sólo que en ciertos momentos, los papeles se intercambiaban: el lobo caía indefenso ante los encantos de la liebre. La presa y el cazador tenían una historia.

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Acerca de La servilleta de papel

periodista
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